junio 13, 2014

Venezuela. Somos Leyenda.


Como Will Smith, o mejor dicho, como Robert Neville, sobrevivimos en este país devastado buscando (algunos) - esperando (los más) una cura, una esperanza, un resquicio de optimismo para creer que podemos llegar al siglo XXI, reparar los daños, reconstruir el hogar.

Estamos solos, hablamos con nosotros mismos, y ya ni nos damos cuenta de que solo rebuscamos entre la basura.

La ciudad está en ruinas y los caminantes de las sombras acechan.

Así es.

Al amanecer nos levantamos, lagañas al vuelo, en carrera frenética para ver si sale algo de agua de las cañerías. Llenamos la sala de botellas, tobos, botellones y palanganas. Nunca se sabe cuándo va a volver. Tanques de gasolina abandonados hay en todas partes, el combustible no es problema, pero el agua… el agua es otro asunto.

Cada vez tenemos que ir más lejos a buscar los alimentos. Gastamos más y más tiempo cazando lo que necesitamos para comer. Las latas viejas son un premio, la leche causa de llanto (por alegría). Husmeamos en el interior de carros ajenos, en las bolsas de mercado, en las ventanas de otras casas a ver si tienen lo que no conseguimos. Papel de baño, café, azúcar. Pasamos por pilas de dinero sin prestarles atención. El dinero ya no sirve para nada. No tiene valor en una situación así. Es solo papel usado.

Nos inventamos rutinas para no volvernos locos, no arrancarnos los cabellos de la desesperación. Hacemos que vamos a la oficina, que cumplimos un horario, nos disfrazamos de normalidad. Vamos por las calles destruidas, con huecos, las construcciones abandonadas, la basura acumulada, la miseria, tratando de vivir. Simulamos. La verdad es que nuestro ser en su totalidad está preso de la sobrevivencia. A cada paso pensamos si no habrá una trampa de los caminantes, si no se caerá un edificio, si vamos a volver al resguardo de casa en la noche. ¿Vamos a estar mañana?

Algunos días nos levantamos en el baño, porque dormimos allí cuando empiezan los ataques nocturnos de los caminantes acorazados y tenemos que abrir el agua caliente para respirar algo mejor con el vapor. Nos lanzan gases, gruñen, arañan las paredes, tratan de que salgamos y nos pongamos a su alcance.

Hay que correr a encerrarse antes de la caída del sol. Sin excepción. Los caminantes ya no respetan puertas. No basta con dejarles señuelos de comida. Nada. La ciudad, una vez que llegan las sombras, son su dominio absoluto y ya no parecen querer cosas, parecen disfrutar enormemente con matar. Las sangre los fascina. Y como cada vez quedamos menos…

Al igual que el agua o la inocencia, no hay instituciones, o ley, u orden alguno. Gobierna el miedo y los caminantes. Andrajos y desenfreno destructivo.

Como Robert Neville. Nos cuentan que muy lejos, en otros países, hay vida normal y niños que se ríen en los parques y vives de lo que trabajas y puedes progresar. Que los pocos caminantes que se encuentran son confinados donde no pueden hacer daño y las leyes se cumplen. Cada vez es más difícil de creer. Debe ser un engaño. ¿Será posible que retomemos un rumbo civilizado? Lo dirán los historiadores.

Seremos exterminados

o seremos leyenda.



marzo 08, 2014

A MI PEQUEÑO SANTI, CRECIENDO EN CARACAS.




Campeón: Miro tus ojos tratando de procesar este marzo del 2014 en Caracas y muchas veces se me aguan los ojos y el guarapo. A tí también, lo sé porque lo dijiste hace un par de días cuando pasábamos por un Chacao convertido en campo de guerra, aunque era de mañana y solo viste lo que quedaba: maderas, restos de barricadas, basura quemada, piedras, escombros.

-¿Porqué está toda la calle así, mami? ¡Se me aguan los ojos!

Tus palabras de siete años. Tus palabras de tres semanas sin ir al colegio porque tus padres tememos no poder llegar a buscarte a la hora de salida.

Tus ojos hoy no solo se han aguado por la tristeza de ver tus calles convertidas en campo de batallas, sino también por gases tóxicos que han lanzado hacia tu casa las “fuerzas del orden”. Gases acompañados con detonaciones y estruendos que te han hecho correr (también he tenido que verlo) a tratar de meterte bajo la cama o en el baño y mezclar el llanto producido químicamente con el real, el del miedo que siento que no tienes edad de merecer.

No puedo explicarte como quisiera lo que sucede. Trato, en verdad que trato de  hacerlo sin maniqueísmos y con justicia. Sin declarar de malo o bueno a nadie, porque no hay en esta realidad visiones simplistas que valgan. Pero tú tienes la edad que tienes y tus planteamientos me enmudecen.

-Estos son malos, papi, tienen las caras tapadas y están abriendo esas alcantarillas y alguien se puede hacer daño.

(no Santi, debiera decirle, son estudiantes pero como los persiguen y asesinan y les lanzas bombas lacrimógenas se tapan la cara y hacen barricadas)

-Si la policía nos cuida, ¿Por qué estos policías se tratan de llevar a ese muchacho y los vecinos les gritan groserías y después dispararon hacia el edificio?

(En este momento, debiera decirle, ningún uniformado nos cuida, amor, estamos por nuestra cuenta frente a asesinos uniformados y sin uniforme montados en motos también. No podemos confiar en casi nadie).

-¿Por qué debo correr si vienen policía verdes y con cascos?

(Porque ya pasan de 20 los muertos, amor, y la Guardia Nacional Bolivariana se ha convertido en un cuerpo opresor, asesino y cada vez se mide menos, debería decirle).

-No quiero pasar por la Plaza Altamira, porque yo la conozco pero ahora ahí pasan cosas malas. ¿Por qué no puedo jugar en el balcón?¿Por qué me pican los ojos? Mejor entra y no estés en el balcón, papá. Vámonos a dormir a casa de mi tía. ¿Por qué se están peleando?¿Qué son esos gritos?

(Ay, campeón. Estamos en un momento oscuro de la historia, debería decirle, los que mandan solo quieren seguir mandando y hacer lo que les da la gana así tengan que hacerlo caminando por encima de cadáveres).

No puedo decirte la verdad. Porque deseo que mañana tengas algo de fe en el alma humana. Quiero que crezcas confiado en que las personas, en su mayoría, son buenas y nobles y que este país puede ofrecer un futuro para ti. Quiero que la esperanza anide en tu corazón y permanezca siempre. Y la única manera que encuentro para preservar eso es tratar de hacerte sentir seguro con tus padres, tener fe en que esto pasará y luego todo será mejor y no explicarte mucho, la verdad, porque la realidad atenta contra todo lo que quiero preservar dentro de ti.