julio 31, 2007

CUANDO LOS ANGELES SE REGRESAN



PARA EMILIA

-No pasa mucho, gracias a Dios, pero algunas veces los Angeles se regresan.
Esto me lo decía el viejo, sentadote en su trono burdo y grande, como quien está en una mecedora. No lo era, las patas eran macizas, pero él se agarraba de los brazos y se lanzaba hacia atrás con un cigarro humeante en la mano izquierda como si sí.
-No entiendo.
-Hijo, todos estamos aquí aprendiendo, la mayoría. Somos espíritus en la escuela. Cada vida un grado. Si no entendiste, repites. Es así para casi todos nosotros.
-Ajá.
-Pero hay espíritus, muy pocos, gracias a Dios, que no. No vienen a aprender nada porque ya lo aprendieron todo. Son sabios, inmensamente sabios y ya entienden a la perfección que todo el proceso se reduce a vivir el amor. Y cuando eso pasa, amas. NO hay más. Esos pocos vienen a dar. Y cuando demostraron su punto se van.
-¿Y quienes son?
-Aquí son niños. Así los vemos nosotros. Todos los niños parecen ángeles, pero algunos pocos, gracias a Dios, en verdad lo son. Vienen a dar su regalo, envuelto en papel de sonrisas y carreras, caricias y travesuras, rompen dos floreros, hacen rodeo con un perro, te llenan de amor y se van.
-¿así y ya?
-Ya no tienen nada que aprender. Se saben los exámenes y las materias, las manías de cada profesor. Vienen un tiempo, cinco meses, cuatro años, entregan su enseñanza y se van. Y no se van porque se aburran. Se van porque hay más enseñanzas que entregar. Son ángeles, es su trabajo. Además no son tantos, gracias a Dios.
-¿Y no los vuelves a ver?
-El que conoce a un ángel, lo ama. Y el que ama a un ángel no lo pierde nunca, porque un ángel deja el cuerpo pero se queda en el corazón. No son muchos, gracias a Dios, pero es imposible olvidarlos.
-Me gustan esos ángeles, pero hay algo que no entiendo.
-Dime y si sé, te lo explico.
-Si son tan marvillosos esos ángeles, ¿por qué cada vez que dices que son muy pocos, dices también que “gracias a Dios”?
Los ojos del viejo se quedaron clavados en los míos. Por un segundo me pareció ver en sus pupilas aparecer una grieta, de arriba abajo, como si por dentro se hubiera astillado. Su voz también se llenó de grietas y al verlo así a mí también se me aguaron los ojos. Cuando empezó a hablar parecía estarse desinflando.
-Ay, hijo. Digo “gracias a Dios” porque son maravillosos, pero es muy difícil, muy difícil, verlos partir.
21/07/07
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