febrero 11, 2009

ROMUALDA SIN MIEDO



Romualda la mosca nació sin miedo. No estaba en sus genes. Jamás supo ni a qué olía. No le dió miedo al nacer ni cuando dejó de ser gusano sin que le avisaran nada. Tampoco el día aquel en que un pasmo, a 200 metros de altura, le paralizó las alas. Tampoco tuvo miedo, ni una pizca, cuando aquel escuincle demente la persiguió hora u media con el matamoscas ese muy chic, muy de diseño, que con los huequitos formaba la cara de la mona lisa. Si es muy cierto que ese día Romualda sudó profusamente, se le aceleró la respiración e incluso llegó a pensar que podría desmayarse. Pero miedo, esa cosa de ponerse frío y la tembladera y el retorcimiento estomocal, no. Ese de cagarse no. Jamás. Romualda no sabía que era sentir eso.

Quizás por eso se atrevía a más. Quizás por eso aquel jueves a media tarde y sin pensarlo mucho enfiló hacia el aeropuerto. Como el más sublime de los sueños de un viajero frecuente, Romualda paseó por todo el aeropuerto sin prisa, volando por encimita, mirando feo, con el culito en alto sin que la detuvieran ni la revisaran. Sin quitarse los zapatos o enseñar pasaporte, deténgase aquí y espere que la fila avance. En su momento, se desplazó hacia la puerta de embarque internacional y en un acto de burla total al sistema y a la seguridad nacional aeroportuaria, Romualda pasó por dentro del aparato de rayos X, junto al equipaje de mano de un tal Arnulfo Reyes según se podía leer en la etiqueta de la aerolínea. Si el individuo de seguridad que estaba frente al monitor ese día realmente hubiera estado atento, si hiciera bien su trabajo, habría visto el gran espectáculo visual. Romualda en negativo, diminuta, con el esqueletico al aire y el gran par de ovarios claritos claritos (si eso fuera posible).
Ya en la sala de espera, Romualda, sin mostrar boarding pass, se metió por una de las mangas al interior de un avión al azar.

Esperó escondida a que todos se ubicaran, abrocharan su cinturón, rezaran en el despegue y empezaran a roncar. Cuando se sintió segura, apagadas ya las luces, salió lentamente y empezó su vuelo de reconocimiento. Primero pegadita al techo para evitar sospechas. Con cautela pero sin miedo. Miedo no. Nunca supo Romualda si era el aire acondicionado o la altura, pero por momentos no sentía la misma habilidad para volar, ciertas curvas se le dificultaban. Un poco lenta pero sin miedo. Por eso bajó tranquila, por eso dió vueltas frente a mi cara, hizo el amago de meterse en mi oído y en mi nariz. Por eso jode y jode y no tiene miedo. Por eso !Plaf!

Maldita falta de miedo. Malditos viajeros insomnes.
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