noviembre 10, 2006

ASUNTOS DE VIVIENDA


Permítanme aclarar primero que soy extranjero. Tengo ya 5 años en México y me resulta en verdad maravilloso, pero aún no me acostumbro a ciertas cosas. Como el asunto de la vivienda, que es algo que fue un misterio para mí durante varios meses.

¿Todas las casas son mías?¿La mía no es mía sino de los demás?¿De quién es en definitiva la casa? Porque la mía (que si fuera mexicano sería suya) la pago yo y si es de los demás me parecería correcto que la pagara otro. Seguramente alguien (¿el PRI?) las mezcló y ahora mi casa es su casa y la suya mía, digo yo.

Recuerdo la primera vez que me enfrenté al problema. Acababa de alquilar con mi esposa el primer departamento en México y una tarde tomé un taxi para volver a casa después del trabajo. El taxista conversaba mucho y pronto empezó a contarme una anécdota de su vida. Empezaba así:

“Estaba yo en calzones en su casa…”

…y no pude seguir oyendo. Las preguntas aparecían en mi cabeza una tras otra: ¿Cómo que en calzones en mi casa?¿De qué habla? En ese entonces mi esposa pasaba todo el día en el depa porque no conocía a nadie, por lo que empecé a sentirme miserable. ¿Era capaz mi esposa?¿Tan rápido? También me venían a la mente preguntas más complicadas: Si tomé el taxi en la calle… ¿Cómo sabía este tipo dónde vivía?¿Qué ganaba diciéndome esto?¿Me estaba siguiendo? Cuando volví a escuchar al hombre ya estaba en otra historia y nunca le noté ni un ápice de verguenza o inquietud. Por si las moscas, le dije que se detuviera frente a otro edificio a tres cuadras de mi verdadera casa (¿o la suya?) y no pareció sorprenderse en lo absoluto. Arrancó tranquilo. Yo no entendía nada.

Días después, en la oficina, un compañero mexicano me vio triste y deprimido (si mi esposa andaba con otro no era para menos) y muy cordial me preguntó si me sentía bien. Le dije que en verdad no y él, muy amable, se ofreció a ayudarme:

“Vamos a tu casa y nos tomamos algo y te desahogas”.

Me molesté y le dije que me dejara en paz. Me sentía muy mal, mi esposa retozaba con un taxista en calzones y este tipo pretendía que lo llevara a mi casa y le invitara, además, tequila. Tal vez quería unirse al taxista o qué se yo. Me pareció el colmo que se autoinvitara de esa manera.

Estaba a punto de devolverme a mi país (dejando a mi esposa con el taxista en calzones) cuando alguien me explicó que aquello de que mi casa es tu casa se podía resumir y de hecho se hacía, de manera que entendí que el taxista estaba en calzones en SU casa y que mi amigo me invitaba a la suya y no a la mía a tomar. El taxista nunca supo nada de mis angustias, pero mi compañero, ofendido y con razón, todavía no me habla.
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