febrero 19, 2009

La Arena de la Revolución.


Husmeando en la blogosfera días después de las tristes elecciones en Venezuela, donde una mitad-apenas-mayoría decidió que el país entero debe ponerse el grillete en el tobillo de la reelección indefinida del ególatra militar que dice gobernar, entro en el excelente blog de la cubana Yoani Sánchez, Genereación Y, y leo su último post con sorpresa y una sensación como de estar perdido en el salón de los espejos de una feria.
Ella escribe de su país, de lo que percibe sobre el proceso que viven los cubanos. Yo lo leo y no puedo creer que no esté hablando de Venezuela, de los resultados del domingo, del trapiche revolucionario que aleja gente y no suma, aunque siga en el trono, aunque fabrique mayorías. NO digo más. Les dejo el texto de Yoani, ganadora del premio Ortega y Gasset de periodismo digital con su blog.

RELOJ DE ARENA.
Cada día me topo con alguien que se ha desilusionado y le ha retirado su apoyo al proceso cubano. Hay quienes entregan el carnet del partido comunista, emigran con sus hijas casadas en Italia o se concentran en la plácida labor de atender a sus nietos y hacer la cola del pan. Pasan de delatar a conspirar, de vigilar a corromperse y hasta cambian sus gustos radiales de Radio Rebelde a Radio Martí. Toda esa conversión –lenta en unos, vertiginosa en otros- la percibo a mi alrededor, como si bajo el sol isleño, a miles les hubiera dado por mudar la piel. Sin embargo, ese proceso de metamorfosis sólo ocurre en una dirección. No me he topado con nadie –y mira que conozco gente- que haya pasado del descreimiento a la lealtad, que comenzara a confiar en los discursos después de años de criticarlos.

Las matemáticas nos confrontan con ciertas verdades infalibles: el número de los insatisfechos aumenta, pero el grupo de los que aplauden no gana nuevas “almas”. Como un reloj de arena, cada día cientos de pequeñas partículas de desengañados va a parar justo al sitio contrario donde una vez estuvieron. Caen hacia el montículo que formamos los escépticos, los excluidos y el coro inmenso de los indiferentes. Ya no hay retorno al lado de la confianza, porque ninguna mano podrá darle vuelta al reloj, poner arriba lo que hoy está definitivamente abajo. El tiempo de multiplicar o sumar pasó hace rato, ahora los ábacos operan siempre con restas, marcan la interminable fuga en un solo sentido.
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