junio 19, 2009

TIEMPO


Miércoles, 12 de la noche. Julio Quiroga viaja veloz en su auto deportivo. Música a buen volumen. Necesita llegar pronto a Puerto La Cruz para cerrar el negocio. Septiembre, año 1995.

Entrada a Caucagua. El viejo puente metálico. Las llantas vibran sobre las planchas de acero. 130 kilómetros por hora. En la mitad, sobre el río flaco, un estallido de luz. Julio no puede saber si viene de dentro o de fuera de la cabina. Muy extraño. no hay manera de ver lo que pasa. Salta el vehículo...¿Un hueco?

Julio Quiroga cae rodando estrepitosamente del otro lado del río. El camino no está asfaltado. Sensación de vacío. Avanza cojeando un poco, guiado por sonidos lejanos y sacudiéndose la tierra del traje azul marino. Avista un caserío. Hay fiesta. No entiende nada. ¿Dónde está el auto?

Llega por fin a la verbena, camina confundido hasta la gente. Baile. Disfraces. Le duele la cabeza, la columna, la rodilla. Julio pregunta: Carnavales de 1938, le dice alguno. Julio estupefacto. Todos dicen qué buen disfraz. Muy raro, nadie sabría decir de qué es, pero buen disfraz. Palmaditas en la espalda, véngase, tómese un roncito. Julio, con el vaso en la mano se soba la nuca y piensa: una fisura en el tiempo. Un portal dimensional. Un prodigio inexplicable. El ron surte su efecto, la mandíbula se relaja. Decide aprovechar y deambula por la fiesta. La banda toca ajena al universo. Se ríe. Esa chica en un rincón lo mira y él se acerca. Ella ríe infantil. Pero los senos que se adivinan sobre la blusa llanera no son infantiles. Tampoco la cintura, ni las piernas ni el aliento. Bailan, Bailan mucho. Por momentos se olvida de cómo fue que llegó. Dando vueltas se van metiendo bajo una sombra, tras una casa. Ella se ríe y él la besa. Sabe a 1938, a campo, un poco a ron y a caña de azúcar. Tiene que ser verdad. Bailan de nuevo en su escondite. Qué cintura. Falda al viento, otra esquina, mano pulpo, mano lapa, mano sabueso por las curvas tersas. Calor. Otro ron y un beso. Lengua nueva en su boca. Mano del futuro en su entrepierna.

Debo irme, dice Julio de pronto, asustado. El negocio en Puerto La Cruz debe cerrarse, de ello depende una casa nueva, más grande y otro carro. Se aleja de ella caminando hacia atrás. Ella lo mira con la mano en el pecho, excitada y sorprendida. Julio se da vuelta y corre. Vuelta al camino de tierra. Sabor a muchacha en los labios. ¿Y si me quedo?. Sacude la cabeza como si así pudiera tirar el recuerdo de las piernas firmes, del polvo levantado por los pies pequeños, del centro húmedo. Una idea le estalla en el cerebro. Hay que llegar al puente. Si ahí está el portal, cruzarlo de nuevo lo llevará al año cierto, al suyo, al del negocio y la novia insulsa pero correcta. Claro, piensa, si lo cruzo a la inversa regreso. Julio avanza por el camino de tierra que termina justo al borde del río.

El puente de hierro, el portal, el que puede regresarlo, empezará a construirse en 1963.
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