mayo 20, 2009

DE LIBROS Y MAGIA.


Los libros, refugio. Los libros, verdad. Los libros. Un milagro que puedes sostener en la mano. Vidas, experiencias, aprendizajes, lugares que nunca visitaré en un paquetico, en un bulto lleno de signos, en páginas con manchones negros, hormigas voraces, símbolos mágicos.

Desde que recuerdo, ir a las librerías era un acto mágico para mí. Allí daba rienda suelta a todas las teorías esotéricas que conocía. Entraba con la emoción de que en algún estante, en algún momento, algo intangible me iba a susurrar un secreto. Entonces sólo me quedaba a mí el trabajo de llevarme el paquete susurrador a la casa, bien envuelto y abrirlo en las noches para que terminara de contarme su historia. Unas veces el susurro venía en una portada, otras, la orden de llevármelo, llegaba de una solapa. Jugaba a sólo pasar la mano con la palma hacia abajo sobre los tomos en las mesas hasta sentir que uno “vibraba” diferente, para mí. No importaba si el libro estaba escrupulosamente encerrado en plástico. Podía igual proponerme que lo llevara. Y muchísimas veces, muchísimas, sí que tenía cosas que decirme. Pocas fueron las desilusiones, la verdad. Una vez cada 50, el libro estaba muerto. No tenía nada que decir y mi percepción extrasensorial se había equivocado.

Por eso ahora me sorprendo con tristeza. El ritual falla. No sé qué pasa. Después de cierto tiempo sin entrar en una librería empiezo a sentirme inquieto. La sensación de estarme perdiendo de algo importante me empieza a exasperar. Pero cada vez más veces, el remedio es peor que la enfermedad. Cuando finalmente logro ir a la librería, a una decente, paso tensos minutos caminando sin rumbo por los pasillos y estantes sin percibir susurro alguno. Silencio empecinado diez minutos, media hora, una entera. Ningún libro tiene nada que decirme, ninguno parece esconder sorpresas del espíritu. Cada vez con más frecuencia, me voy sin haber comprado nada. Y me da mucha tristeza.

Es cierto que ahora se imprime cantidad de libros que parecen hechos para durar dos meses. Elucubraciones políticas de coyuntura, autoayuda deprimente, horóscopos. No sé si tiene algo que ver, pero aún así me cuesta aceptar que rodeado de miles y miles de hojas impresas, no haya un puñado de ellas que me pueda contar algo emocionante. Sí, yo leo, pero no tanto como para haberme acabado las sorpresas, sin contar las que se están imprimiendo hoy y ayer, cantidad de libros e ideas que no he podido leer.

Volviendo al pensamiento metafísico, tal vez oigo pero no escucho y esos mensajeros invisibles se cansaron de susurrar para que al final lea y no cambie. Tal vez perdieron la esperanza de que realmente aprenda algo. Tal vez los libros están naciendo sin alma de un tiempo para acá. O será que me estoy poniendo viejo.
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