marzo 13, 2012

EL TATUAJE DE HUG.


ESTA ES LA ÚLTIMA COLABORACIÓN AL BLOG DE LOS HERMANOS CHANG. TIENDA DE TATUAJES, FEBRERO 2012. TODOS LOS TEXTOS Y EL EDITORIAL VALEN LA PENA Y ESTÁN AQUÍ

Hug mandaba. Mandaba de más. Mandaba desde hace mucho. Es más, mandaba desde hace demasiado.

Hug abusó, abusaba y abusaría de su poder, estaba visto. Con su porte de gorila lampiño e hinchado, no dejaba títere con cabeza y los pocos que la conservaban estaban a punto de que les explotara por el exceso inacabable de los gritos de Hug. Dueño de los medios para obligar a todos a escucharlo, podía lanzarse 9 horas de insultos, amenazas y también de cantos, joropos, comentarios ignorantes y gran, pero gran cantidad de intragable paja.

Hug, el gorila Hug. El hinchado, lampiño gorila Hug.

El gorila Hug tenía también otro problema que por mucho mandar y mucho grito y mucho golpe de puño en el pecho, no podía ocultar: A la hora de la verdad, el miedo le ganaba. No una, sino varias veces había sido patente y claro para toda la población de la comarca. Estaba grabado en video. Lo habían visto todos en vivo. Cuando la situación se ponía en verdad jodida, Hug arrugaba. Se entregaba. Lloriqueaba. Pedía perdón. Se le aflojaban los esfínteres.

Esa cobardía generaba varias grietas en su carácter:

  1. Lo hacía querer parecer más macho, más grande, enseñar más los dientes... mientras el viento soplara a su favor.
  2. Lo hacía ser profundamente supersticioso.

Oh sí. Hug el supersticioso. No salía sin su escapulario fijado con imperdible en el interior siempre amarillo. Hug había hecho que ejércitos de santeros le hicieran todos los trabajos de protección existentes. Hug había roto el descanso eterno del padre de la patria para darle materia prima ósea a los brujos que lo rodeaban. Y luego el miedo lo asediaba pensando en que el prócer pudiera vengar el sacrilegio.

Hug seguía designios, hacía que le leyeran el tabaco, la borra del café, La mano, el agua, un huevo, las cartas, el I Ching, el blanco del ojo, los caracoles y hasta la línea de los mocos al sonarse el primer lunes de cada mes en ayuno.

Por miedo.

Se tomaba una “agüita” de libertador todas las mañanas, que era un vaso de agua puesto toda la noche al sereno y en cuyo fondo oscilaba melancólico un metacarpo del héroe independentista. Lo empinaba hasta que el huesito le pegara en los dientes y lo dejaba así hasta la noche siguiente en que lo llenaban de nuevo dejando la reliquia en remojo.

Por eso ni se inmutó cuando le dijeron que debía tatuarse una “C” en la planta del pié. Vainas peores había tenido que hacer para mantenerse en el poder.

Una “C” que era el apellido de su más cercano contrincante por el poder en La comarca. Una “C” de conspirador, de cretino, de coñoemadre. Y en la planta del pie le aseguraría al gorila Hug que el contrincante permanecería pisado por su poder hasta el fin de los días, hasta que la piel de Hug desapareciera convertida en polvo.

Asintió lo que la papada le permitía y se hicieron los arreglos para ir a un tatuador discreto y de primera categoría.

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El maestro Chang sonrió apenas cuando el gorila Hug finalmente llegó al estudio tres horas después de haber sido tomado militarmente por tres anillos de seguridad. Hizo una ínfima reverencia y le pidió que se recostara en la camilla.

Hug trataba de bromear y mostrarse poderoso y despreocupado aunque sudaba un poco. Volvía el miedo, pero este era manejable.

-¡Eh, mister Chang! Que quede bonita esa letra que quiero pisarla bien.

-Lo que destino me permita, excelencia.

-¿Cómo es eso?¿No me asegura que quede bien?

-Yo haré perfecto - dijo Chang sonriente - pero destino manda. Tinta dibuja, tinta muestra, pone en evidencia, sigue caminos subterráneos. Yo hago perfecto, luego ella descubre.

-¿De qué coño habla este chino?¡Chigüire, qué vaina es ésta!

El asistente lo calmó. La milenaria cultura hace que hable así. Es en sentido figurado, del concepto del tatuaje, no se preocupe. El hombre se relajó algo en la camilla.

-Yo no puedo ver, Chigüire. Ponte allá y si te parece que no es una “C” clarita, le das un coñazo y me lo sacas de encima.

Fue una “C” clarita y hermosa. Con ribetes y florituras. Una “C” que permaneció así 12 días y 2 horas.

El final de la letra empezó lentamente a subir. No se veía crecer, pero cuando Hug volvía al espejo, el final era más largo. Y más. Y subió y bajó. Cruzó. Y Hug no pudo gritar, no pudo volver a mostrárselo a nadie porque no podía con el horror y la vergüenza. Jamás nadie volvería a verlo.

Y el tatuaje completó la primera palabra y no paró. Otra y otra. La misma, encadenada una y otra vez. Rodeando el pié. Pegadita una línea de la otra. Un rosario de la única palabra que llegó a sus partes y tapizó la panza inmensa y siguió y siguió. Brazos, espalda, todo. Sólo las manos y la cabeza libres de la afrenta. Al menos de manga larga y completamente vestido podía mostrarse. Pero nunca más ante otro ser humano desnudo. Nunca más.

Mandó a buscar a Chang para matarlo con sus propias manos pero el local ya estaba vacío.

-Tinta muestra. Pone en evidencia.

-Grandísimo hijo de la gran puta.

Usando de inicial la misma “C”, en caravana, Hug el gorila veía su cuerpo marcado para siempre. De arriba a abajo, sin piedad alguna, una y otra vez, bien criolla como le gustaban, tres millones, cuarenta mil, cuatrocientas cuarenta y nueve veces: Culillúo.

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